El parto más bonito jamás contado

Y allí estaba yo, en la Maternitat del Clínic, con mis trastos en la mano, 2 libros en el bolso y Friends al completo en el Ipad preparada para un parto provocado de esos que duran 48 h.

Esta vez no me hicieron esperar nada, bueno, a mi me parecieron microsegundos aunque luego he sabido que fue una hora, y cuando entré una matrona que nunca supe como se llamaba pero que era un ángel en la tierra, me realizó el primer tacto para informarme que “todo era muy favorable”, estaba dilatada de algo más de 1 cm. y tenía el cuello del útero borrado. En aquel momento no fui capaz de asumir esa información porque me daba la sensación que estaba siendo débil: estaba dejando que el sistema médico me hiciera frágil y que se aprovechara de mi desconocimiento y miedo para medicalizar mi parto, ese que iba a ser natural-y-bonito, lejos de la epidural-y-feo.

Me realizaron otros monitores pero estaba vez en la zona de partos, la única cosa que me animaba un poco era saber que Lilia iba a llegar al mundo en breve. Mi migraña seguía ahí y padre hacía bromas de lo ideal que estaba yo con mis gafas de sol (que filtraban la luz y me ayudaban a lidiar con la migraña) en esa situación. En algún momento de esos monitores, que también decían que no tenía ninguna contracción y que sin ayuda no iban a aparecer pronto, decidí que si bien no iba a tener el parto más bonito jamás contado, iba a tener el más divertido, así que empecé a bromear con la situación.

Me pusieron la prostaglandina a las 8 de la tarde y conocí a Lara,una matrona que se merecería un libro lleno de “gracias” por todo el amor y cuidados que me daría más tarde. Fue a ella a quien le pregunté si era necesaria esa medicalización y ella fue la que me abrió los ojos: era domingo por la noche: el hospital no ganaba nada conmigo pariendo antes y que ni ella ni el equipo provocarían un parto en domingo noche para añadir a una paciente más a la lista de los que cuidar sino fuera estrictamente necesario. En ese momento me relajé 100%, el sistema de salud me estaba ayudando y protegiendo a mi hija, tenía unos profesionales estupendos a mi disposición, un marinovio ideal que llenaba de amor cualquier habitación en la que entrábamos y una doula que me acompañaba y explicaba cada fase con amor y tranquilidad.

Me ubicaron en una habitación con vistas para esperar a ver qué sucedía, me dieron de comer y me recomendaron caminar algo. Y yo, que me había convertido en una master de la caminatas, me puse a recorrer pasillos arriba y pasillos abajo. Vicky, la super doula, me recomendó dormir algo porque si el parto se iniciaba de madrugada necesitaba estar descansada. Creo que nadie calculó que a esto de las 11 y pico yo empezaría a sentir contracciones simpáticas y que a las 12 dejarían de ser tan simpáticas.

Pues así sucedió, a las 11 ya largas y tras una hora de contracciones que podía gestionar yo sola, llamé a Vicky para que viniera, tenía la sensación que todo iba a ser rápido. Me di una ducha mientras ella llegaba y las contracciones eran ya cada 4 minutos con una duración fija de un minuto y pico. ¡Esto ya no lo paraba nadie!

Tengo que confesar que en cuando llegó Vicky quise bajar al paritorio porque me daba la sensación que la niña iba a salir en cualquier momento, ella me recomendó quedarme un rato más, y en ese momento fue cuando empecé a sentir dolor en cada contracción, un dolor que costaba gestionar y que era cada vez más intenso. Una hora más tarde y tras otra ducha calentita fue Vicky la que me recomendó bajar al paritorio y… efectivamente estaba de parto.

Yo me había despedido mentalmente de mi sala de parto natural pero había una parte de mi que se volvió a sentir frustrada cuando me ubicaron en un quirófano dentro de las salas destinadas a partos de riesgo. Así que nada más entrar le dije a Lara: quiero un parto lo más natural posible. Y ese pensamiento se mantuvo por lo menos media hora más, cuando ya tenía contracciones cada minuto y duraban otro minuto y sentí que no podría seguir así mucho tiempo.

Le dije a Vicky, con mucho apuro y cierta sensación de derrota que no podía con ello y que necesitaba algo para sentir menos las contracciones, vamos, debió suceder más o menos algo como yo gritando “epidural”, en ese momento y en modo venganza del karma, algo urgente debió suceder que el anestesista estaba ocupado y lo que era peor, iba a estarlo por la siguiente hora y media. Y allí estaba yo, con contracciones que duraban 40 segundos e intervalos para respirar de unos 20 segundos, esperando la epidural.

Unos minutos antes de que el anestesista llegara Vicky me contó todo lo que iba a suceder: posición, tiempo que iba a durar y sobre todo que debía mantenerme quieta quieta quieta mientras me pinchaban. Por un momento iba a pedir que no me la pusiera, era imposible que pudiera estarme quieta más de 5 segundos teniendo en cuenta que íbamos de contracción en contracción sin tiempo para respirar. También Lara me realizó el que iba a ser el tercer y último tacto de mi parto: ya estaba de 8 centímetros, a mi me sonó a gloria celestial.

Así que entró en mi habitación quirófano la única persona a la que hubiera cambiado de todas las que me atendieron durante la noche. Lo que en mi pueblo se conoce como chuloplayas-perdonavidas que ni me miró a la cara, ni se dirigió a mi en ningún momento y que solo le dijo a la comadrona: “por favor, dile a esta que se esté quieta”. Milagrosamente me estuve quieta y en menos de 5 minutos, a parte de un tembleque muy curioso que recorría todo mi cuerpo, ya no sentía nada. Como contraprestación al no-dolor el parto se frenó durante unas dos horas.

A las dos horas entró en la sala la ginecóloga que había cometido el error con el ecógrafo junto a mi ángel-comadrona y quise suponer que no iba a ser ella la que iba a atender mi parto, justo en ese momento me comunicó que mi peque estaba teniendo bradicardias y que teníamos dos opciones: ir a cesárea directa o hacer la prueba del PH, suerte que tenía a Vicky que en seguida me explicó que esa prueba consistía en un pequeño pinchazo en la cabeza de la bebé para sacarle una gota de sangre que se analizaría en cuestión de minutos para comprobar el oxígeno en sangre. En aquel momento de nerviosismo, si no llega a ser por Vicky, no sé si alguien me hubiera explicado qué estaba pasando. Total, la peque no tenía ningún problema, parecía ser que estaba sufriendo un poco con las contracciones pero que, de momento, no era grave.

En todas esas maniobras también comprobaron que la bebé ya estaba bajando el canal de parto, cosa que también era muy buena. Vicky me hacía respirar profundamente con cada contracción para que la bebé tuviera el aire necesario pero en una media hora volvieron a venir ginecóloga y todo el equipo porque las bradicardias indicaban más sufrimiento fetal del deseado. Cuando checkearon vieron que Lilia ya estaba muy abajo y que en todo caso era preferible a estas alturas obviar la cesárea, aún así se planteó una episiotomía importante para introducir algún elemento que ayudara a salir a la bebé de forma rápida. Mi ginecóloga, que en ese momento empezó a caerme bien, decidió consultar con un colega la mejor opción y entre los dos decidieron que si la prueba del PH salía bien esperarían otra hora a que mi cuerpo y el de Lilia siguieran con su trabajo. Y por suerte para mi posparto, el oxígeno en sangre de mi hija estaba perfecto. En ese trajín también vieron que la peque estaba un poco girada y manipularon mis piernas durante un rato para recolocarla.

Todo seguía su curso, ya casi habíamos acabado, pero la verdad, yo no era consciente de eso… No era consciente que en menos de una hora tendría a Lilia en mis brazos, y mira que Lara-la-super-matrona, apenas se movió de la habitación. Cuando vieron que la colocación ya era la correcta y que las bradicardias volvían decidieron que era el momento de pujar.

De nuevo Vicky me explicó que al tener anestesia debían ser unos pujos en apnea y me explicó cómo hacerlo, y así empezó el final de mi parto, donde además pude comprobar que tenía el mejor equipo posible. Pujé y pujé como pude y supe, padre me susurraba que lo estaba haciendo genial y las ginecólogas me animaban diciéndome lo cerca que estaba del final. Aún así tuvimos que superar una última barrera: mi periné. Parece que había una parte muy elástica gracias a los masajes que habíamos realizado pero había otra que no, y aunque trabajamos mucho para evitar una episiotomía, finalmente me tuvieron que realizar una mini para dejar que Lilia asomara la cabeza al mundo. En un par de segundos tras la episiotomía Lilia estaba aquí, pero llegaría el último susto: había meconio y además tenía una cuerda de cordón.

Todo se precipitó, gente que corría y me decía que no me preocupara que el meconio había aparecido en el último momento, así que no habría tragado demasiado y que se la llevaban un par de minutos para aspirarla. Yo vi pasar a Lilia por encima de mi, no sé decir ahora mismo si se movía o no, solo recuerdo que olía a limón y que le di un beso en la coronilla. Vicky, envuelta en una alegría contagiosa, me daba la enhorabuena y me repetía que todo iba a bien, la ginecóloga y la super matrona también y el señor padre se fue con la señora hija porque yo no podía soportar la idea de que algo le pasara a mi hija y que estuviera sola. Todo el mundo en la sala la oía llorar y me lo hacían saber para que yo estuviera tranquila, y yo no era capaz de oírla, tanta presión sentía que al final cuando me decían “¿la oyes?” les contestaba que sí para que no me lo dijeran más… yo tenía unas ganas enormes de llorar porque mi hija se estaba perdiendo el piel con piel tan necesario en esos primeros minutos.

Me cuentan que fueron menos de dos minutos y yo tengo la sensación que fueron varios años, pero cuando Laurent entró con ella en la habitación-quirófano se paró el tiempo. Es literalmente la sensación de que haya entrado un elefante en la habitación, sé que había más gente pero yo ya no era capaz de ver a nadie más, estaba alucinando, no tenía esa sensación de amor-que-te-mueres, que vino después, sino de alucinar. Me la pusieron encima y empezamos la lactancia.

La verdad es que tal vez fue un parto accidentado pero, por suerte, sin accidentes, nada salió como a mi me hubiera gustado que saliera, no tuve ese parto para el que me había preparado tanto, tuve otro absolutamente diferente pero aún y así para mi fue el parto más bonito que jamás me hubiera podido imaginar.

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